TÓTEM

Año: 2016

Vista de la exposición

Tótem:

La normalidad es un concepto muy alabado. Todos asumimos la normalidad como eje de nuestro comportamiento por lo tanto todos somos normales. Cuando algo nos vincula a muchos somos “masa” y la masa es, obviamente, normal. Es el motor de los cambios sociales: mueve el mundo.

La masa fue diseccionada por Elías Canetti y clasificada en grupos difícilmente discutibles si bien el concepto ha mostrado en el último siglo frecuentes revisiones. No hace mucho Sloterdijk retomaba la línea argumental en la que la masa es soporte acrítico de las ideologías y por lo tanto la madre de los totalitarismos, algo que estaba en el génesis de las ideas de Canetti. Hay un momento en el que no está claro si la idea de normalidad es impuesta por un líder a la masa o la masa, como ente paradójicamente autónomo, impone la normalidad al líder. En este contexto me interesan dos situaciones alejadas en el tiempo pero vinculadas por un atávico miedo al fin de los días.

Juan de Leiden fue un anabaptista holandés que a principios del siglo XVI se hizo coronar rey de Colonia por deseo divino. La ciudad se había sublevado bajo el mando de Jean Matthijs y estaba cercada por las tropas del obispo Franz de Valdeck. Cuando Matthijs murió en una insensata salida para romper el cerco nuestro hombre tuvo una revelación: anduvo desnudo varios días por la ciudad y cambió las reglas de vida implantando la poligamia y una especie de comunismo germinal en el que él era el mismísimo dios. Subvirtió las reglas y creó una macrocomuna de fanáticos que pensaban que estaban en la senda correcta para salvar su alma cuando llegase el inminente juicio final. Para aquella masa la normalidad se fijó en base a un delirio colectivo en el que dios hablaba por la boca de Juan de Leiden. Este hecho, estudiado por Norman Cohn y recuperado por Greil Marcus en “Rastros de carmín” para trazar la estirpe del punk, es un momento fascinante de la historia en el que resulta casi imposible fijar si la normalidad es la de aquellos que se consideraban dirigidos por dios para cambiar el mundo sobre reglas cuasi anarquistas o la de los sitiadores, a los que dios había ordenado exterminar a los de dentro. Dos masas enfrentadas que se organizan en torno a un tótem humano, bien sea Leiden o el obispo Valdeck. La historia de la historia.

En el fondo de los sucesos de Colonia está el milenarismo; la creencia en la llegada del fin del mundo tal y como lo conocemos para cumplir el tercer reino profético y dar paso a los mil años del gobierno de Cristo en su segunda venida. Es una creencia escatológica muy común desde el año 1.000. Aproximadamente nueve siglos después, no lejos de Colonia, Hitler proclamará el Tercer Reich, el de los mil años.

Hoy, como entonces, muchos consideran que el fin está cerca y que seguramente lo provocará un cataclismo ecológico; son víctimas de la “Sostalgia”. Los que padecen esta nueva enfermedad llegan a la depresión por miedo al calentamiento global y la consciencia de que los humanos hemos llevado el mundo al borde de su aniquilación. Es otra forma de milenarismo en realidad, solo que no ha aparecido aún el profeta que hable de los siguientes mil años de perfección, o puede que la figura esté atomizada en miles de pequeños portadores de la palabra. La historia no siempre se repite en todos sus matices, sería demasiado previsible.

La sostalgia contemporánea y la herejía de Juan de Leiden comparten un elemento de partida: una masa que se aleja de la normalidad imperante para generar una propia marcada por el miedo al fin de los días. Una vez asumido esto es necesario aferrarse a algo que aporte esperanza y las dos tablas de salvación suelen ser acciones que los congratulen con dios-naturaleza y objetos mágicos a los que aferrarse.

En esas acciones la oración es la más frecuente pero en el caso de la proximidad de un cataclismo ecológico el sujeto plantea un acuerdo con la naturaleza. Muchos se hacen veganos rompiendo una normalidad asumida: comer animales. Sin embargo esa normalidad es un tanto extraña en el momento en el que a los niños se les da de comer pollo y luego se les compra un pollito de peluche. Si a un niño de tres años se le cuenta que lo que está comiendo es lo que abraza para ir a dormir y llega a entender el proceso por el cual millones de aves son masacradas para su consumo marcaríamos su vida sin duda. Considerarse vegano es una anormalidad con respecto a la normalidad que, desde el punto de vista de la sensibilidad animalista contemporánea, es otra anormalidad.

Por lo tanto ¿quién puede erigirse en juez de la contienda, quién puede aportar una normalidad por encima de las evidentes imperfecciones de la propia normalidad? Para muchos la respuesta a esta pregunta es la divinidad. Pero esta es escurridiza ya que en su naturaleza está ser inaprensible, por lo tanto dios debe hablar mediante profetas –Juan de Leiden y todos los que hasta hoy traen el fin del mundo a nuestras vidas- y ser fijada mediante objetos. El hombre ama los objetos en distintos niveles que van del puro utilitarismo funcional al fetichismo más exacerbado por el objeto religioso; ahí encontramos la razón de ser del tótem, un continente ancestral para la divinidad. Todas las religiones tienen un elemento panteísta: dios en todas partes, la naturaleza como expresión de la creación, los siete días del génesis, las tragedias naturales como castigo a los pecados… es un componente demasiado fuerte como para no haber contaminado todo el pensamiento contemporáneo. Casi todas las líneas de pensamiento hoy prevén un colapso natural, un fin del mundo en cualquiera de sus coloridas formas. Por lo tanto el tótem es algo a lo que abrazarse para evitar el fin, protegerse o suplicar a la divinidad. Un objeto terapéutico donde los haya que defiende mágicamente al individuo aplastado por una normalidad abocada a un final apocalíptico.

Yann Leto es un narrador de esa crisis de la normalidad que aplasta el pensamiento autónomo del individuo.

Tendemos a plantear una relación con las imágenes basada en la capacidad de interpretación de los códigos. El tótem lanza un mensaje elemental, de casi perfecta legibilidad, pero en tiempos tan complejos la interpretación de claves debe pasar a un nivel mucho más alto. Cuando Georges Didi-Huberman emprende la tarea de decodificar “El ABC de la guerra” de Bertolt Brecht lo hace desde una lectura cultural de sus collages de imágenes extraídas de la prensa en la que los medios técnicos sirven a una tarea política ya contemplada por Walter Benjamin “no aprovisionar el aparato de producción sino transformarlo simultáneamente” (Umfunktionierung o cambio de función) Los montajes fotográficos de Brecht son una forma de interpretar políticamente una realidad inaprensible en toda su complejidad utilizando relatos individuales de forma conjunta.

Esta lectura no inocente de los hechos es uno de los pilares sobre los que se edifica el trabajo de Leto no solo por la colisión de imágenes e historias como soporte de un metarelato. Su trabajo cuestiona la “normalidad” imperante desde la constatación de sus lagunas, de las zonas de sombra que hacen inconsistentes los discursos hegemónicos. El escepticismo como punto de partida. El medio es clave en este caso, la pintura como ente ideológico de batalla no adscrito a unas líneas maestras dictadas desde fuera. Esta idea de la pintura como elemento de producción sometido a las presiones de la época de la hiperconectividad es un factor muy sugerente que se añade al ancestral debate del medio como clave ideológica.

Picasso no debió leer a Hegel y el arte posterior le debe estar agradecido. La línea hegeliana habría devorado todo y la respuesta hubiera llegado demasiado tarde como para evitar una normalidad intelectualizada que habría tenido un final funesto: la solemnización total de los procesos artísticos. Es una paradoja, ya que la solemnidad debiera ser una consecuencia, no un fin, pero gran parte de la producción artística impulsada desde esos parámetros nace con una clara pretensión de solemnidad que no estaba en el ideario y que no deja resquicio al cuestionamiento de su propia realidad, es demasiadas veces excluyente. Y con frecuencia aburrida.

Leto combate la solemnidad entendiendo que las lecturas monolíticas suelen ser la petrificación de una buena idea pero a veces de una simple ocurrencia. En esos monolitos –tótems ideológicos- las falta de fisuras resulta molesta si se parte de la no aceptación de una normalidad imperante. Trabajar en los resquicios abre perspectivas a la duda sistemática y en este punto la ironía es un proceso crítico que sirve para protegerse del consenso, ese pozo de brea en el que el individuo se convierte en masa. La disidencia nos hará libres, nos permitirá no creer.

Woody Guthrie escribe en su guitarra “This machie kills fascists” mientras Lemmy y Kippenberger recorren en motos de trail las bodegas de Burdeos a toda velocidad. Se quedan sin gasolina pero les da igual. La aventura debe ser rápida como es rápido el consumo de imágenes, debe ser feroz porque de otra forma no sería aventura y si no fuera una aventura la vida sería una mierda. No se debe pensar en las consecuencias porque consecuencia y consenso comparten el prefijo “con” que quiere decir “conjuntamente” Y el conjunto es la base de la masa. Y la masa el soporte de la normalidad.
Nacho Ruiz

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